Fernando Carbajal Segura
Fundador de Rotary Club de Lima
Presidente de Rotary International en 1942-1943
Fernando Carbajal Segura no fue un hombre que siguiera caminos trazados. Fue, más bien, de aquellos que abren ruta donde antes solo había incertidumbre. A él se debe la llegada de Rotary a la costa oeste de América del Sur, y en 1919, esa intuición visionaria tomó forma concreta con la fundación del Rotary Club de Lima. Durante catorce años ejerció como secretario, sosteniendo la institución con disciplina silenciosa, antes de aceptar la presidencia que, en rigor, ya le pertenecía por mérito y constancia.
Pero su vocación pionera no nació con Rotary. Venía de más atrás, como una herencia íntima. Su linaje estaba marcado por la figura de Manuel Ascencio Segura, uno de los grandes precursores de la literatura peruana, pionero en el teatro, la poesía, el periodismo y la vida política. En esa tradición, donde la palabra y la acción se entrelazan, Fernando encontró un espejo temprano.
Nació el 1 de marzo de 1880, en Barranco, cuando Lima aún conservaba el pulso de una ciudad en transición. Desde joven mostró una inteligencia disciplinada y una voluntad poco común. A los veinte años ya era ingeniero, egresado de la Escuela Nacional de Ingenieros de Construcciones Civiles y de Minas. Pero mientras otros celebraban el logro, él miraba hacia territorios que pocos se atrevían a imaginar.
El Perú de inicios del siglo XX guardaba vastas regiones inexploradas en su vertiente oriental. Allí, donde los Andes descienden hacia la selva y los ríos comienzan a entrelazarse hasta formar el Amazonas, Fernando decidió internarse. En 1900, lideró expediciones que cartografiaron los ríos Inambari, Madre de Dios y Aguaytía. Aquellos no eran simples viajes: eran actos fundacionales de conocimiento. Sus trabajos, rigurosos y meticulosos, le valieron el reconocimiento de la Royal Geographical Society de Londres, un hecho que habla por sí solo de su trascendencia científica.
No se detuvo ahí. Entre 1902 y 1904 continuó explorando, levantando cartas geográficas y estudiando territorios que luego serían clave para el desarrollo nacional. Su mirada no era la de un aventurero, sino la de un constructor de futuro.
En 1905, impulsado por un afán constante de aprendizaje, viajó a la zona del Canal de Panamá, donde Estados Unidos desarrollaba una de las obras de ingeniería más ambiciosas de su tiempo. Allí trabajó durante dos años, especialmente en saneamiento municipal, un campo crítico en una región marcada por enfermedades tropicales. Su desempeño no pasó desapercibido: se ganó reconocimiento por su solvencia técnica y su carácter afable.
El gobierno peruano, consciente de su valor, lo envió en 1907 a Estados Unidos y Cuba para estudiar los avances en saneamiento. A su regreso, no solo presentó un informe detallado, sino que puso en práctica sus conocimientos en el Valle de Chanchamayo, donde impulsó mejoras sustanciales en salubridad y abastecimiento de agua.
En paralelo, su vida personal encontraba también su cauce. En 1908 contrajo matrimonio con Carmela Balbuena, consolidando una unión que lo acompañaría en los años de mayor intensidad profesional. Poco después, en 1909, regresó a Lima para asumir funciones como ingeniero del Estado, supervisando obras públicas en distintas regiones.
Durante más de una década tuvo a su cargo la construcción, mantenimiento y supervisión de los muelles del país, una labor estratégica para una nación con extensa costa y vocación comercial. Sin embargo, su perfil técnico y su conocimiento del territorio lo llevaron a una responsabilidad aún mayor: la jefatura de la comisión encargada de fijar los límites entre Perú y Bolivia en zonas que él mismo había explorado. Era una tarea delicada, donde la precisión técnica se entrelazaba con el interés nacional. La desempeñó con rigor y patriotismo.
Fue también en ese periodo cuando un episodio aparentemente menor reveló con claridad su carácter. Encargado de dirimir un conflicto entre dos empresas ferroviarias —una vinculada al gobierno y otra independiente—, falló en favor de esta última. No hubo cálculo político, solo un criterio técnico y ético. Años después, ese gesto silencioso tendría consecuencias inesperadas.
Cuando la Compañía Peruana de Teléfonos buscaba un gerente general, uno de sus directores —antiguo miembro de la empresa ferroviaria favorecida— recordó aquel dictamen. No conocía personalmente a Fernando, pero sí su integridad. Así, en 1920, fue llamado a liderar la empresa. Desde ese puesto impulsó mejoras sustanciales en los servicios telefónicos, al tiempo que asumía responsabilidades como director del Banco Industrial y vicepresidente de la Candall Engineering Company of Boston.
Su energía parecía inagotable. Ese mismo año colaboró en la formación de la YMCA en el Perú, y más adelante participó en la creación del Touring y Automóvil Club del Perú. Sin embargo, sería su rol en Rotary el que terminaría por articular todas sus convicciones.
Porque Rotary, en manos de Fernando Carbajal Segura, no fue solo una organización: fue la extensión natural de su forma de entender el mundo. Un espacio donde la técnica, la ética y el servicio convergían. Donde la camaradería no era un gesto superficial, sino una herramienta para transformar la sociedad.
Así, el ingeniero que cartografió ríos, saneó territorios, tendió infraestructuras y tomó decisiones con rectitud, terminó también trazando rutas invisibles: las de la cooperación, el liderazgo y el compromiso cívico.
Y en ese trazo, como en los mapas que alguna vez dibujó, dejó una huella que no se borra.